La lectura de este libro de Bernard Maris me conmovió por muchas razones. Fue Bernard Maris, involuntariamente, quién me decidió a estudiar Economía. O como le hubiese gustado decir a él, Economía Política. Leer sus libros fue una invitación a entrar en una disciplina tediosa, ampulosa, tan arrogante como impotente para explicar nada, y aún menos para predecir ni siquiera una carie menor en el último molar del más distinguido de los economistas distinguidos.
Bernard Maris solía decir que hacía ya muchas lunas que los estudiantes habían votado con los pies, alejándose tan rápidamente como podían de los estudios de Economía, transformados en una suerte de repetición incansable de mantras, cantos chamánicos, odas al mercado y, sobre todo, a quienes manejan el mercado o, para hacer más docto, “los mercados”.
Junto con la teología, decía Bernard Maris, la economía es la única “ciencia” que no ha descubierto nada en los últimos siglos. Sin embargo, me bastó con leer “Carta abierta a los gurús de la economía que creen que somos imbéciles”1 para comprender que lo que venden como “ciencia económica” no es sino una albóndiga fabricada con desechos. No era eso lo que yo debía estudiar.
Frédéric Lordon se cachondea en un libro reciente2 de la arrogancia de los economistas, capaces de explicar todo a partir de su albóndiga. Lordon cuenta que en la biblioteca de un centro de investigación económica encontró un libro improbable: “Elementos de mecánica cuántica” de Richard Feynman3. Un destacado investigador lo había pedido porque se había dado cuenta que la física, pobrecita, era incapaz de realizar su unificación teórica, – mecánica cuántica y relatividad general, – mientras la “ciencia económica” la había logrado casi sin esfuerzo: la economía deriva todos sus teoremas del mismo cuerpo de postulados fundamentales, a partir de los cuales pretende explicar los mercados financieros de productos derivados, el comportamiento relativo al ahorro de los hogares subsaharianos, y la evolución del consumo de arándanos en Klondike.
Tú ya sabes, la ley de la oferta y la demanda… ¿Tú le ves algún interés a la economía?
Yo tampoco le veía, y la miraba con un desprecio similar, si oso decir, al que le prestaba Marx en el siglo XIX, y más tarde Keynes en el siglo XX. – En su excelente obra “Marx in Soho” – magistralmente interpretada por Brian Jones Howard Zinn pone en boca de Karl Marx la reflexión siguiente: “¿Existe algo más aburrido que leer economía política?… Escribir sobre economía política”.
Muy bien dicho… Ergo, yo pensaba que la economía era una querella de contadores en la galera de los condenados a pasar escrituras en el Gran Libro. Craso error: la mayoría de los economistas ni siquiera sabe leer un Balance. Sólo conocen la albóndiga. Pre-digerida y algo vomitada la albóndiga, manufacturada – ¿osaré escribir orto facturada? – con la pretensión de hacerla tragar no sólo a los estudiantes sino al vulgo que abre la boca en un gesto de sorpresa admirativa cada vez que un “experto” viene a la TV a hablar de spreads, de free rider, de high yields, de green shots, de commodities o en estricto rigor de subprimes, desdichado episodio de mortgages con los que crucificaron a los pobres ninjas, sigla detrás de la que se ocultan los miserables carentes de ingresos, de empleo y de patrimonio (no income no job, no assets), y que sin embargo recibieron un crédito inmobiliario rápidamente cedido a algún incauto en los mercados financieros de productos derivados.
Un economista normalmente constituido vive, o sobrevive, diciendo lo que sus amos quieren que diga, y sus discursitos babeados en jerga de iniciado funcionan como una explicación cuya plausibilidad crece en razón directamente proporcional a la ignorancia de quienes le escuchan. El propio regente de la Facultad de Economía de Harvard rehusó explicar las razones que llevaron a sus eminentes profesores a acordarle a Islandia el título de la mejor de las economías apenas tres meses antes de que ese pobre país sufriese la peor crisis financiera de su historia y se hundiese en un marasmo del cual salió sólo después de haber tomado la muy razonable medida de encarcelar a sus banqueros.
Sin embargo la explicación era muy sencilla: un cheque de 300 mil dólares. Fue Harvard, una vez más, o una de sus excrecencias, la institución que le ofreció una muy apreciable asesoría a Rusia cuando se desató la fiebre de las privatizaciones en tiempos de Yeltsin. En pocos meses todo el patrimonio de Rusia cayó en manos de astutos funcionarios comunistas, en fin, ex comunistas de fresca conversión, que en menos tiempo del que tardo en contarlo se apoderaron de los activos vitales para la economía rusa: petróleo, gas, minería, energía, aeronáutica, investigación espacial, comercio, Banca y lo que hubiese.

Harvard no tiene la exclusividad: Chicago, Columbia, London School of Economics… la misma pomada. La reintroducción del capitalismo, con su secuela de concentración de la riqueza a lo largo de siglos, se hizo en Rusia en algunos meses, como un film acelerado en que los personajes se mueven como Buster Keaton o Charles Chaplin realizando un gag cuyo mecanismo cómico reside en la rapidez. Con el sabroso agregado que los miles de millones de dólares que los “expertos” del FMI le prestaron a Rusia, dizque para sostener la tasa de cambio del rublo, se demoraron menos de una semana en reaparecer en bancos chipriotas y suizos, cuidadosamente albergados en las cuentas anónimas de los jerarcas rusos4 . No es casualidad que haya sido un profesor de Harvard, Martin Feldstein – ex asesor de Ronald Reagan –, el que haya visto sus estudiantes de Economía rehusar entrar a sus clases: los muchachos, años después de sus homólogos franceses y británicos, rechazaron el lavado de cerebro realizado con un manual de Economía en plan detergente neuronal, el de N. Gregory Mankiw, obedientemente utilizado por todas las facultades de Economía de Chile y el patio trasero.
Los estudiantes argumentaron que la visión de la Economía de Feldstein reflejaba y reforzaba los propósitos de la derecha política (el mundo tiene una idea bastante precisa de lo que eso quiere decir en los EEUU…).
Los textos propuestos por Feldstein, amén de sus enseñanzas, predican la reducción de impuestos para los más ricos, la privatización de la Seguridad Social, la tasa “natural” de desempleo (una variante del NAIRU de la FED5 ) y, para no desmerecer ante sus precursores del siglo XVIII, culpan a los pobres de su pobreza6 . Amamantados con esa leche, no pocos estudiantes de Harvard – los mediocres – llegan al FMI, al Banco Mundial, a la OCDE, a la OMC y otros organismos a las órdenes, para desde allí predicar la palabra del Dios mercado, la austeridad para los demás, la responsabilidad individual y el fin de la solidaridad social o, como lo puso Margaret Thatcher, derechamente, la inexistencia de la sociedad7 . Pero afortunadamente allí estaban Bernard Maris, su ironía, su humor, su erudición, su prosa ligera y comprensible, su detestación de la jerga y el volapuk, su amor por la transmisión del conocimiento y su inconmovible voluntad de ver en cada ser humano una chispa de inteligencia.
“Carta abierta a los gurús…” me dio el impulso que necesitaba para leer todo lo que hacía falta, incluso los indigeribles economistas que disfrutan leyéndose a sí mismos porque su prosa insondable y hermética es lo único que son capaces de comprender8 . De ahí en adelante, cada vez que Bernard Maris publicó un libro me apresuré en acudir a la primera librería en la que pudiese encontrar el texto. Hasta que el 7 de enero de este año, mientras editaba textos para POLITIKA en París, un despacho de urgencia llegó a mi pantalla:
“Tiroteos en las inmediaciones de la redacción de Charlie Hebdo…”
El resto es conocido. Bernard Maris era uno de los redactores de la publicación, y estaba presente cuando dos locos de Allah masacraron once personas, incluyendo ocho redactores, con sendas Kalachnikov, ese fusil de asalto diseñado para defender “la patria de los trabajadores”… En algún sitio de mi biblioteca, allí donde pongo los libros a leer de urgencia, se escondía desde hace cinco años “Marx, Oh Marx, ¿por qué me abandonaste?”9. Al descubrirlo me pareció un mensaje póstumo, por algo me mamé – como todos – los efectos de dos mil años de cristianismo. Lo acabo de leer. Comienza así:

“Ya era tiempo de terminar con El Capital. La obra de Marx releída y definitivamente digerida, el género humano dispondrá con las líneas que siguen de una herramienta de reflexión sobre su condición. Es poco decir que estas líneas son revolucionarias, como lo fueron la teoría de la relatividad en el mundo de Newton y el nacimiento de Harry Potter en el mundo de El Principito.”
No pude resistir a la tentación de traducir un capítulo, el último. Para compartir el mazazo que recibí en la mollera. Para “socializar” el uppercut y el jab que me dejaron groggy10. Después de todo Marx sostenía – Bernard Maris lo recuerda ¡y con qué sarcasmo! – que “el prójimo es la más grande de las riquezas”…
Que aproveche. Luis Casado
NOTAS
1 “Lettre ouverte aux gourous de l’économie qui nous prennent pour des imbéciles”. Bernard Maris. Ed. Albin Michel. París, 1999.
2 “La société des affects – Pour un structuralisme des passions”. Ed. Seuil. París, septiembre 2013.
3 Del cual te aconsejo leer, entre otros, “QED – The Strange Theory of Light and Matter”, una jubilatoria introducción a la electrodinámica cuántica. Richard P. Feynman, Princeton University Press, New Jersey, 1985.
4 Al respecto te aconsejo leer “La gran desilusión” de Joseph Stiglitz, que en esa época era vicepresidente del Banco Mundial. Publicado en los EEUU bajo el título “Globalization and its discontents”. W.W. Norton, 2002.
5 NAIRU: “non accelerating inflation rate of unemployment”, o tasa de desempleo que no acelera la inflación. FED: Federal Reserve, el Banco Central de los EEUU.
6 Entre otros Daniel Defoe, Joseph Towsend, Thomas Robert Malthus y Bernard de Mandeville. Véase “Un método infalible para la laboriosidad”. Luis Casado. Fuentes nº25. La Paz, Bolivia, abril de 2013. O bien POLITIKA (www.politika.cl).
7 “And, you know, there is no such thing as society.” Margaret Thatcher, hablándole a la revista Women’s Own, el 31 de octubre de 1987.
8 No digo que tengan razón, sino que supongo que se entienden a sí mismos, aún cuando hay sobradas razones para dudarlo. Si te interesa el tema te sugiero leer mi nota “Cinco Nobel de economía”, 27 de julio de 2008, en POLITIKA (www.politika.cl).
9 “Marx, Ô Marx, pourquoi m’as-tu abandonné? – Bernard Maris. Ed. Les Échappés, París, 2010.
10 Jerga que aprendí con mi padre, que en su juventud practicó el boxeo y se entrenaba en el Club México de Santiago. ¿Conoces?