HOMO ERECTUS… VIVIÓ HACE UN MILLÓN DE AÑOS. COMO MARA SEDINI, NO SABÍA HABLAR… Luis Casado

La antropología se consagra al estudio de la humanidad, de los pueblos antiguos y modernos y de sus estilos de vida. Los antropólogos no analizan las vacaciones del año pasado ni la evolución del último kebab que abrieron en el barrio: sus dimensiones temporales se miden en milenios, en cientos e incluso en millones de años.

El periodo Cenozoico –que es la tercera y última era del Fanerozoico en la escala temporal geológica– comenzó hace 66 millones de años, sucediendo al Mesozoico. Ahí estamos, en la era Cuaternaria, tercera y última del periodo Cenozoico –que sucedió al Neógeno–, y se inició hace 2,59 millones de años y llega hasta la actualidad. Eres, somos, animales cuaternarios.

Al principio del Cenozoico aún no aparecía el iPhone 17 Pro Max, y era imposible suscribirse a Netflix.

Para eso hubo que esperar a Edouard Branly , físico francés que nació mucho más tarde, a mediados del siglo XIX (1844 – 1940). Precursor de la radio y del telemando inalámbrico, descubridor generoso de la radio conducción –un fenómeno conocido como el “efecto Branly”– siempre deseó compartir el fruto de sus investigaciones con el personal.

La codicia y el egoísmo, proclamados motor del progreso por Adam Smith en el siglo precedente, aún no la rompían. Puede que Branly haya estado más cerca de Kropotkine, quién ya había mostrado y demostrado que las especies animales progresan gracias a la colaboración y la protección común, y en ningún caso compitiendo y matándose unas a otras (Malthus y Darwin se encargaron de diseminar otras teorías que le facilitaron el laburo al capitalismo).

Edouard sólo obtuvo en retribución a sus descubrimientos que París bautizase 500 m. de un muelle del Sena con su augusto nombre –el Quai Branly– y un museo, el Musée Branly donde uno puede ver caras conocidas.

Hace unos 30 millones de años aparecieron los primeros primates superiores, cuya superioridad se debe –tal vez– a que los más primitivos circulaban hace ya más de 65 millones de años.

Los Homo Sapiens, grupo del cual debieses formar parte, aparecieron hace apenas 300 mil años.

Como ves, hace un puñado de siglos que los bípedos reman para conseguir el pan nuestro de cada día, no siempre de la misma manera, ni con el mismo esfuerzo, ni con las mismas herramientas, ni con la misma organización del yugo.

No hace falta frecuentar la London School of Economics para comprender que en esos años no había un puñado de privilegiados atesorando lo producido, mientras la inmensa mayoría curraba de la mañana a la noche a cambio de una retribución conocida como salario.

Salario, del latín salarium, el término tiene sus raíces en la sal.

En la época del Imperio Romano (27AC – 476 DC), algunos despabilados ya habían vendido la moto de todo-esto-es-mío-y-donde-te-pillo-te-cago. A los soldados y a los funcionarios públicos se les pagaba con sal, producto muy valioso y apreciado en esos años.

Los romanos, cuya divisa era Forest fortuna adiuvat (la fortuna le sonríe a los valientes), ya habían inventado eso de ocultar el género para que la escasez artificial hiciese subir el precio en virtud de la pretendida ley de la oferta y la demanda. Tú ya sabes: las leyes las hacen los de arriba para garcharse a los de abajo.

Dicho sea de paso, esta célebre ley aprobada sólo por economistas de todo pelaje, encontró un sustento en un economista británico, el ya mencionado Malthus (1766 – 1834), quién previó un crecimiento de la población muy por encima de la capacidad de la Naturaleza para sostenerla.

Si el ritmo de crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras que el ritmo de aumento de los recursos para su supervivencia lo hace en progresión aritmética, se podía inferir que la caridad y ayuda a los pobres eran inútiles, ya que solo resultarían en un crecimiento del número de pobres.

Esta idea fue aprovechada por los Conservadores británicos para proponer la Ley de Pobres de 1834, descrita por sus oponentes como “una ley malthusiana diseñada para forzar a los pobres a emigrar, a trabajar por salarios más bajos y a vivir con una cantidad reducida de alimentos”.

Porque de otro modo… pasaría lo que Malthus –un economista, ya se dijo– predijo en su libro Ensayo sobre el principio de la población (1798) que la sobre-población provocaría la extinción de la raza humana para el año 1880. Capta la precisión de sus previsiones…​

Hoy en día cuando la población disminuye, la tasa de nacimientos se desploma, y hay países que temen su desaparición en virtud de ese fenómeno… ¿qué pensar de las teorías de Malthus? Baste con saber que ellas eran enseñadas en escuelas y liceos por décadas como si fuesen ciencia, y sólo eran voladas de un economista que tenía que haber cambiado de camello…

¿Y la ley de la oferta y la demanda? Bien gracias.

Así, en apenas 228 años de una historia que se mide en cientos de miles, queda en evidencia la mala leche de quienes contribuyeron intelectualmente a los desastres que vivimos hoy.

Porque en la mirada de los partidarios del régimen, el capitalismo es el fin de la Historia. No hay evolución posible visto que esto es el súmmum y todo aquel que desee avanzar en el sentido de la evolución natural –esa que negaron y niegan los creacionistas– es tachado de comunista, de extremista, de irresponsable y otras lindezas.

Aquí se detienen la antropología, los historiadores y la política. El capitalismo es el fin de la Historia, o sea el fin de la Humanidad en todos los sentidos de la expresión. Y la prueba más fehaciente de tal ideología es la ley de la oferta y la demanda, subproducto de las teorías malthusianas y, por qué no decirlo, darwinistas.

Su máxima y definitiva creación parece ser Donald Trump: “Lo que queremos lo obtendremos por las buenas o por las malas porque somos los más fuertes”.

La competencia darwinista en el seno de las especies determina que sólo se imponen y sobreviven los mejor adaptados, los machos dominantes que controlaron y controlan las tribus y la simple posibilidad de reproducirse atribuyéndose la propiedad de las mujeres (incluyendo a las menores…), los capaces de derrotar y eliminar a los débiles.

Estos últimos están destinados a desaparecer, como condición de la supervivencia de los fuertes. La versión de todo aquello es, en nuestros días, el capitalismo.

En pleno siglo XXI hay quienes edifican todo su discurso político y toda su acción al frente de los gobiernos sobre las ruinas de tales teorías. Si no te quedó claro, pídele a Mara Sedini que te lo explique: Mara Sedini, otro magnífico ejemplar –terminal– del fin del desarrollo de la Humanidad.

París, Abril 1, 2026

Fuente: Politika

 

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