JOSEPH STIGLITZ. Entrevista Amanda Mars*

Estados Unidos vivía el periodo de crecimiento más largo de su historia cuando, el pasado marzo, la pandemia hundió al país en la peor debacle desde la Gran Depresión. El republicano Donald Trump  se quedó sin esa gran baza electoral que es una economía boyante. Sin embargo, la gestión económica sigue siendo uno de los asuntos mejor valorados del presidente, que, antes de cumplir su primer año en el poder, logró aprobar la mayor rebaja de impuestos desde Ronald Reagan. Para muchos economistas, esa reforma fiscal supone un agujero insostenible en las arcas públicas y un motor de desigualdad. Uno de ellos es el progresista Joseph Stiglitz (Gary, Indiana, 77 años), autor de títulos como La gran brecha o Capitalismo progresista (Taurus). El premio Nobel, que fue asesor de la Administración de Bill Clinton (1993-2001), aborda en conversación telefónica con EL PAÍS la era Trump y los desafíos de la primera potencia. Son tiempos interesantes, Wall Street se comporta como si el mundo fuera bien y un candidato presidencial, el demócrata Joe Biden, pide el voto a ciudadanos con la bandera de una subida de impuestos.

Pregunta. Independientemente de la actual crisis, ¿qué legado cree que va a dejar la política económica de Trump?

Respuesta. Trump ha sido un desastre económico. La fortaleza de nuestro país es la inversión en ciencia, en tecnología y en educación, y él ha socavado eso. Ha pedido recortes en el presupuesto de ciencia cada año. Ha atacado nuestras mejores universidades, las ha gravado, cuando la mayoría de los Gobiernos lo que hacen es darles subsidios. Además, en una economía moderna necesitas cooperación global y él se ha alejado de ella y ha ido en contra de los acuerdos internacionales, lo que va en detrimento de Estados Unidos. Yo también he sido crítico y he dicho que las normas se deben decidir de una forma más democrática, pero ese no es un argumento para abandonarlas. Para mí, estos cuatro años han sido un desastre económico y, si no lo revertimos, marcarán el principio del declive de Estados Unidos.

P. Biden hace campaña advirtiendo de que va a subir los impuestos. ¿Hoy en día en Estados Unidos se pueden ganar unas elecciones diciendo eso?

R. Recuerde que Trump redujo los impuestos para los multimillonarios y para las empresas en diciembre de 2017 y, en la misma ley, los subió para la mayoría de gente de en medio, que es la que la que ha estado pasando dificultades en los últimos 40 años. Lo que Biden ha prometido es revertir esto y hacer que las empresas y las grandes fortunas paguen unos impuestos justos, lo cual me parece una buena política económica.

La rebaja de impuestos de 2017 le dio una subida de azúcar a la economía, pero cualquier modelo económico te dirá que eso no es sostenible, que te va a llevar a déficits récord. Por supuesto, vas a crecer más rápido, pero no es sostenible. Además, fue una reforma mal diseñada. Antes de la pandemia, la previsión de crecimiento de Estados Unidos ya era anémica, inferior al 2%, y el dinero no se convirtió en más inversión, sino en más dividendos o recompra de acciones. La desigualdad es uno de los mayores problemas de este país.

P. La desigualdad en Estados Unidos ha sido un problema durante décadas, con Gobiernos republicanos y con Gobiernos demócratas. ¿Tiene solución?

R. Necesitas un conjunto de políticas a fondo. Primero, hay que dar más poder de negociación a los trabajadores, reforzar a los sindicatos, reescribir las normas de la globalización, del gobierno corporativo, mermar el poder de los monopolios. En segundo lugar, obviamente, necesitamos una política fiscal y de gasto público más progresiva. Es muy curioso que en Estados Unidos la gente de la cúspide paga menos impuestos que la gente de la base. Warren Buffet lo señaló: él paga una tasa de impuesto más baja que su secretaria. En cuanto al gasto, Estados Unidos no es solo el país con el mayor nivel de desigualdad, sino también el único que no reconoce la sanidad como un derecho básico, así que necesitamos mejores políticas de gasto.

P. Biden no entona el “América, primero” de Trump, pero sí ha colocado el lema “Hecho en América” en el centro de su política económica. ¿Minusvaloraron los Gobiernos de Bill Clinton (1993-2001) y de Barack Obama (2009-2017) los perjuicios que la globalización causaba en la clase trabajadora estadounidense?

R. Puedo hablar más por la Administración de Clinton. Partes de esa Administración creían en la teoría de la economía trickle-down [de goteo, es decir, que el crecimiento económico, per se, beneficiaría a todos], no lo creían todos, pero sí el propio Clinton. Algunos como yo, o como Bob Reich [asesor también en los Gobiernos de Gerald Ford o Jimmy Carter], teníamos más dudas y creíamos que hacían falta más ayudas para los perjudicados. Aquí fue el error crítico. Cuando hablábamos de la globalización, defendimos con vehemencia ayudas para los trabajadores que se veían desplazados, una ayuda por ajustes de comercio. Pero los republicanos lo rechazaron.

P. Con diferentes estrategias, Biden y Trump también coinciden en que China debe jugar con nuevas reglas en la economía. ¿Cree que es un consenso general?

R. Sí, pero la mayoría de economistas pone el foco en los desequilibrios comerciales multilaterales, no en el déficit comercial bilateral, entre Estados Unidos y China, que ha sido el foco de preocupación de Trump. Respecto a China, a los demócratas y a los republicanos tradicionales les preocupan más los problemas de democracia y derechos humanos que el asunto comercial. Se solía hablar mucho de si China abriría su mercado a las compañías de seguros estadounidenses, a las compañías de Wall Street… Pero eso no va a solucionar el problema del sector industrial estadounidense, muchos de esos empleos ya han desaparecido, el conjunto del empleo global en la industria está bajando. Trump ha desviado el foco de otros temas en los que nos deberíamos estar fijando, como la ciberseguridad, la vigilancia y los derechos humanos.

P. Durante meses, Wall Street ha parecido ajena a esta gran crisis. ¿Qué explica de Estados Unidos una brecha tan grande entre la Bolsa y la llamada economía real?

R. Refleja una gran desigualdad. Hay que darse cuenta de que la Bolsa no es siquiera un reflejo del sector empresarial. Los negocios pequeños no forman parte del mercado de valores, pero son los que proporcionan la mitad de los empleos de la economía y no les va bien. A los gigantes de internet, en cambio, sí les van bien las cosas. Además, las cotizaciones suben cuando los sueldos son bajos y ahora son bajos. Por otra parte, los intereses bajos auguran más beneficios y dividendos futuros, así que también eso les favorece en Bolsa, pero esos intereses están bajos porque la economía es débil. Y la liquidez que la Reserva Federal está inyectando en el mercado no se está yendo a comprar bienes y servicios, la gente la está ahorrando por la incertidumbre y la coloca en activos. Así que, en cierto modo, el éxito de la Bolsa es reflejo del fracaso de la política económica.

P. ¿Es optimista respecto a una recuperación rápida en Estados Unidos?

R. Está claro que no vamos a tener una recuperación en forma de V, como se esperaba en marzo. Recuerden que el primer programa de ayuda aprobado se diseñó partiendo del supuesto de que la economía volvería a la normalidad a finales de junio como muy tarde, por eso el plan se programó para 10 semanas o así. Pero nos hemos caído por el barranco. Es octubre y no hemos vuelto a la normalidad. En este momento soy muy pesimista, las ayudas expiraron hace tiempo y las negociaciones [entre Casa Blanca, republicanos y demócratas] para un nuevo programa se han roto. Y la recuperación se está ralentizando. Creo que no llegaremos a una Gran Depresión, que los gobiernos acabarán dando un paso al frente, pero no lo podemos descartar.

* Esta entrevista forma parte de una serie de charlas con intelectuales, editores, activistas, economistas y políticos de primer orden que ayudan a describir el estado de cosas antes de las elecciones.

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