HIJO DE LA LUZ. Nelson Villagra

Nunca imaginé que mi extravagante invitación de aquella tarde me permitiría conocer la vida de un singular mendigo que los habitantes santiaguinos y yo, aún estudiante, veíamos todos los días en las calles céntricas de la ciudad de Santiago. El lisiado, un moreno de rostro tosco, cantaba tangos sentado sobre un viejo neumático, acomodando sus muñones que restaban de sus piernas.

Interrumpiendo el tango que cantaba, sacudía el envase de metal con algunas monedas, pidiendo limosna con su voz aguardentosa y potente: “Soy Carlos Gardel. Soy Carlos Gardel. No he muerto en el accidente aéreo de Medellín. Me cortaron las piernas para sobrevivir”. Y llevándose la mano sobre la boca, a modo de bocina, reanudaba el tango: “Sol, de mi vida/ fui un fracasado/ y en mi caída….”

Como actor, comencé a trabajar profesionalmente en provincia. Y luego de 6 años regresé a la capital, y he ahí, que este “Carlos Gardel”, continuaba pidiendo limosna, ahora en el Paseo Ahumada. ¿Por qué esa tarde, luego de verle por años cantando en las esquinas, se me ocurrió invitarlo a beber y comer en un Restaurant cercano? Si se lo hubiéramos preguntado a él mismo, seguramente habría respondido “los hijos de la luz, lo inspiraron, mi patrón”.

Entre el mozo y yo, sentamos a mi invitado pasadas las 7 de la tarde en una mesa apartada del Bar-Restaurant, bajo la mirada inquieta del propietario, la mirada curiosa de algunos parroquianos, y la incomodidad de mi invitado.

Norberto Zugarramundi, era un hombre de 76 años ahora, pelo y barba entrecana, hijo natural de un ricachón de la ciudad de Talca. Su madre, muchacha de servicio en casa del señor Zugarramundi, asistida por una mujer “entendida”, lo parió en una choza aledaña al pueblo.

Cuando el vino comenzó a calentarle el estómago y la memoria, la voz ronca de Norberto se desató en variadas y pintorescas, e inesperadas historias de sus correrías, en medio de risas, y a veces, espasmos de llanto. Su cuerpo exhumaba un poco de todo: vinagre, orines, comida descompuesta. Sin embargo, todo ello resultara contrastante con su lucidez mental y la riqueza de sus vivencias. Mi sorpresa aumentó cuando ante la oferta del menú, él prefirió merluza al horno en vez de un buen plato de carne. ¿Sería su lejano ancestro genético vasco, me dije?

Norberto Zugarramundi, se crió en la calle como chiquillo “huacho”. Allí aprendió a sobrevivir, decidiendo a los 9 años viajar a la capital en busca de “un no sé…”

En 1950, Santiago no le ofreció otra opción que mendigar, y en esa condición recorrió las calles santiaguinas durante meses. Trabajos ocasionales lo hicieron también ayudante de albañil, junior de una empresa constructora, ratero ocasional de poca monta, y pensionista nocturno de cualquier rincón protegido del viento.

A los 13 años, Norberto era un muchacho espigado, flaco y esmirriado que mostraba sin embargo un aire elegante, un aspecto particular dentro de su medio. El maestro Núñez, peluquero de barrio, supo captar ese modo singular del muchacho, convirtiéndolo en su ayudante. Norberto resultó un hábil aprendiz de peluquero y pronto estuvo en condiciones de cortar el pelo con navaja, tijeras y maquinilla.

–Fue mi padre…, don Eusebio Núñez, fue mi verdadero padre…

Norberto Zugarramundi, guardó silencio un momento y vació el vaso de un golpe para ocultar su emoción.

–Era viudo. Mi papito Eusebio era viudo, sin hijos ni parentela conocida… Yo fui su hijo… y su discípulo. Él me enseñó a leer… – tuvo que aclarar la garganta para continuar –, me compró un colchón para que yo durmiera en la trastienda de su pequeño local…
No pudo continuar. Rodaron las lágrimas por su moreno rostro, confundiéndose sus sollozos con espasmos de tos… Llené su vaso y el mío, y chocando los tragos le invité a “un salud”.

Norberto, intercaló una especie de carcajada o sollozo, y mientras me miraba limpió sus lágrimas con las manos. Tomó una servilleta de papel sonándose estrepitosamente. Fijó su mirada en el vaso… “Salud, dijo con su voz ronca”. Como una cascada entró el vino en su garganta. Luego carraspeó y se pasó una mano por los labios como si hubiera querido retener una porción de vino en su mano áspera y artrítica. Con la vista sobre la palma, dijo:

Mi papito Eusebio me lo presentó. Él, iluminó mi vida…, caballero, la Luz. Fue mi maestro. Con el papito Eusebio conocí a Mani, el último profeta persa. ¿Lo conoce usted? Moví afirmativamente la cabeza.

–Aquí donde usted me ve yo he sido un hombre de suerte. He tenido dos padres en mi vida, a falta de uno. Ambos me quisieron y a su muerte heredé todo lo que tenían… Me llaman limosnero, mendigo, pero soy un artista, mi señor… Los escenarios de países extranjeros vieron muchos prodigios que salieron de estas manos. He recorrido casi toda Suramérica, mi amigo… Si no hubiera sido por el amor… Fue el amor que jodió la cosa…

Llené ambos vasos y nos los zampamos al mismo tiempo. La dicción de Norberto comenzaba a ser lenta, aunque emocionada. Repitió el gesto de la mano refregándose la nariz y los labios. Con una mueca de sonrisa acercó su vaso nuevamente…

–Perdone, dijo…

Le llené el vaso y una segunda cascada se deslizó por su garganta. Sacudió el cuerpo como para reanimarse físicamente. Con la cabeza gacha estuvo mirando la mesa un instante y luego movió la cabeza de un lado a otro:

–Cuando me abandonó mi primera mujer, Ginette – dicho sea de paso – un magnífico ejemplar de mujer mestiza. ¡Uf! Lo que se dice, una hembra, con todo respeto! ¡Con unas piernas largas, como suspiros de amor! ¡Uf! ¡Me enamoré como un loco! La saqué de la segunda fila de un cuerpo de baile de mala muerte y me la llevé en gira artística hasta el Caribe… En ese tiempo yo me dedicaba al ilusionismo bajo la tutela de mi maestro Atmul Zaijal, originario de Bagdad. ¡Como hijos nos quería Atmul a Ginette y a mí!… A su muerte, Atmul Zaijal nos dejó en herencia un magnífico número de ilusionismo: metida dentro de un ataúd, yo cortaba a mi mujer en cuatro partes, separando los trozos de la urna. Y al toque mágico de mi bastón sobre las partes cercenadas… ¡Para qué le voy a contar! ¡Era un número extraordinario! ¡Lo que se dice un éxito! Ginette y yo recorrimos una y otra vez todo el Caribe y Centro América, llenando teatros, carpas y galpones, asombrando a cultos e incultos, a civiles y militares. ¡Pero mi amigo! La verdadera traición tiene un cuchillo que mata: es la sorpresa, lo imprevisto, lo insospechado…

El mozo nos había traído la cena y la segunda botella. Y así, sin más, nos echamos el otro vaso sin siquiera decirnos salud… Norberto me tenía cautivado, no podía creer que estaba con “el Gardel” que tantas veces había visto pidiendo limosna en las calles céntricas de la capital…

Un día – continuó Norberto – durante el número aquél del ataúd, Ginette, aprovechando su desaparición momentánea, se fugó con nuestro Empresario, un polaco inmigrante que hacía un pingüe negocio adicional recolectando mujeres para los ricachones de Las Bahamas – «¡Quién! ¿Ginette? ¡Infelices! Mal nacidos!» –, les gritaba yo a los hombres que me daban la noticia en los bares del puerto de Maracaibo. Defendiendo el honor de mi mujer me trencé a golpes innumerables veces aquella noche. Hasta que revolcado en petróleo, más negro que los negros del Caribe, y con el ron saliéndome por las orejas, desperté al día siguiente, botado sobre unos deshechos del puerto… Y así, como una aparición de ultratumba, pringado de petróleo y ahogado por la humedad caliente de Maracaibo, caminé en dirección al hotelucho en donde pernoctábamos, con la esperanza de que allí estaría Ginette, como otras veces frente al espejo, poniéndose sus grandes pestañas que le daban ese aire de egipcia melancólica… ¡Pero no! La egipcia traicionera se había cansado de ser descuartizada todas las noches. Así decía la carta clavada en el marco del espejo… Para qué le cuento, mi amigo. El vacío que deja una traición hiela hasta la pepa del alma…

Le hice un gesto al mozo para que nos trajera la tercera botella. Norberto comió unos bocados y continuó:

Salí sin rumbo del hotel, así mismo, sin limpiarme… Embadurnado de petróleo yo parecía un susto caminando. Pregunté, rogué, imploré…, pero todo el mundo me volvía la espalda… También aquella mañana yo era el monstruo que había inducido a mi mujer a vender su cuerpo y su alma. ¡Figúrese! ¡Yo! «¡El pichichu!» – las mujeres te ponen cada nombre –. Con la vista perdida, arrastré mis pies y mi soledad buscando el lugar más alto de Maracaibo… Todo había terminado para mí… ¡Pero he ahí, que un rayo de luz radiante fulminó a la Parca montada en mis espaldas aquella mañana! ¡Era la Luz de mi salvación, mi amigo! Allí, en el puerto de Maracaibo justamente, en el infierno mismo…

Nos echamos otro vaso al unísono… Hubo un momento de silencio. Quizás ambos nos dimos cuenta que nos estábamos emborrachando… Norberto continuaba hablando, pesadamente, al mismo tiempo que mis oídos parecían escucharle más distante…

Allí en Maracaibo, como le digo, un santón persa de luengas barbas y túnica blanca, estaba ante mí. Me dijo: – “Salud a ti, buen hombre que vives entre los malvados, y luminoso en medio de las tinieblas” –… Caí de rodillas sin saber cómo, y sin mi voluntad también, en un hilo de voz pregunté: -«Cómo están nuestros padres, los Hijos de la Luz, en su ciudad?»-. Y aquel Espíritu Viviente, me contestó tan dulcemente: -«Están bien»-. Entonces miré en mi derredor y rompí en llanto. Mi voz brotó como león rugiente… Mesándome los cabellos golpeé mi pecho y dije: -«Maldito, maldito sea el creador de mi cuerpo, el que unió a él mi alma y los rebeldes que me sojuzgaron…” Eusebio, mi primer maestro, me lo había advertido, agregó sollozando… Pero en medio de mis llantos, aquella forma de hombre me reveló entonces que no era el Señor quien había creado mi cuerpo, sino el Demiurgo, agregando: -«Limpia tu rostro, limpia tus manos, limpia tu alma. Tu Patria de Luz te espera»-Y entonces su figura se diluyó en el éter y yo me quedé allí de hinojos, con los brazos abiertos en cruz, como un coral negro, cegado por la pesada luz caribeña y por mis lágrimas negras… Mani, Mani en persona, me había visitado para consolarme. ¡Ay, mi amigo! Esa es una historia muy terrible…

A esa altura las palabras de Norberto Zugarramundi salían cada vez más pesadas de sus labios, parecían caer al piso… y desde allí rebotaban para llegar a mis oídos luego de un largo viaje. Yo no distinguía bien si estaba despierto o soñaba. El vino parecía una substancia gaseosa que invadía mi cerebro como una neblina… Seguramente me quedé dormido mientras Norberto murmuraba:

-La salvación tiene un camino largo y zigzagueante…

No estoy seguro si quedó otro silencio…

-Luego del momento de la revelación, mi amigo, continúa la práctica cotidiana, tumba del espíritu…

…¿Otro silencio…? Desde muy lejos escuché un rumor que decía algo…

-Renunciar a los sentidos no es nada fácil…, mi amigo, nada fácil… Sobre todo… sobre todo… cuando… cuando… El tren… el tren…

Vaudreil-Dorion, 15 noviembre 2016

ELECCIONES PRESIDENCIALES

Leyendo un comentario reciente de mi amigo periodista chileno, Manuel Cabieses, titulado “Dulce Patria recibe los votos” – un tanto irónico el título, ya que está encabezado por la pregunta ¿para avanzar o retroceder? -, nos deja con la inquietud de lo que ha de suceder en Chile el próximo domingo 21 en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. 

Mientras leía, y residiendo hace muchos años fuera del país, me surgió inesperadamente, el deseo de ser mago. Sí, tener esa fantástica energía de la magia que, según las leyendas, es capaz de cambiar los acontecimientos. En este caso a favor del Bien, que según Cabieses sería: “si en un acto de suprema lucidez – la democracia – logra alcanzar la unidad para conformar un gobierno que garantice el tránsito a la nueva Constitución Política”.

De lo contrario, digo yo, el Mago Hechicero del Fascismo pretenderá engañar con sus números circenses, mientras la represión volverá a oscurecer “nuestro cielo azulado”. 

Vaudreuil-Dorion 15 Nov. 2021

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